lunes, 13 de julio de 2009

Hace un año el gran poeta Jorge Guillén hubo de recibir eneste Paraninfo de la muy ilustre Universidad Complutense, donde ahora me hallo,la misma recompensa que, como coronación de mi ya larga carrera de escritor,viene hoy a premiar mi obra. Y acaso por hallarse aquí, donde por fuerza he deevocar la presencia de quien admiro desde hace medio siglo, acuden a mi memoriaestos versos del autor de Cántico: "[...] De un golpe vi la sala / Arañaspor cristal resplandecían / Sobre una fiesta aún sin personajes".

Fiesta hubo, un día de otoño yamuy lejano, en esta magnífica ciudad de Alcalá de Henares, situada por siempreentre los altos lugares de la cultura universal, junto a Stadfor-on-Avon o laWeimar de Goethe y Schiller, por haber nacido quien en ella nació. Pero acasotal fiesta se diera "aún sin personajes", como se dice en el verso deJorge Guillén. Porque la fiesta verdadera, la grande, tuvo lugar el domingo deoctubre del mismo año, en la ceremonia del bautismo de Cervantes, ya que, paraquien la contempla con los ojos del novelista actual, fue fiesta de muchísimospersonajes —de tantos y tan renombrados personajes— que el mismo historiadorCide Hamete Benengeli, de haber estado presente, hubiera perdido la cuenta deellos, por lo numerosos. Para mí, para todos los que en nuestro idioma escribennovelas en esta época, al memorable y jubiloso bautismo asistieron, entremuchos otros, las señoras Emma Bovary, Albertina de Proust, Ersilia dePirandello y Molly Bloom, venida especialmente de Dublín, con su esposo,Leopoldo Bloom, y su amigo Stephen Dedalus, el príncipe Mishkin, el cándidoNazarín, taumaturgo sin saberlo, y hasta un Gregorio Samsa, de la familia delos Kafka —aquel mismo que una mañana había amanecido transformado enescarabajo—, pertenecientes todos a la futura Cofradía de la DimensiónImaginaria, fundada, con su llegada al mundo, por quien iniciaba entonces suexistencia entre nosotros.

Y es que con Miguel de CervantesSaavedra —y no pretendo decir ninguna novedad con ello— había nacido la novelamoderna.

Periódicamente se produce, en lahistoria literaria del mundo, algo que —usándose de una expresión de hoy— suelecalificarse de crisis de la novela. Pero no sería propio hablar de crisis de lanovela, sino de crisis de una determinada novelística. El hecho no es nuevo. Esevidente que al haber cumplido su papel sirviendo de puente entre la épocamedieval y el humanismo renacentista, el libro de caballería agoniza cuando Cervantesemprende su gran tarea desmitificadora. Cansados de encantamientos y peripeciasinverosímiles, esos James Bond de otra época que eran los Amadises de Gaula yFlorismartes de Hircania, sucumben bajo el peso de portentos harto acumulados yse van humanizando en el Tirante el Blanco "tesoro de contento y mina depasatiempos", dice Cervantes, donde "comen los caballeros, y duermeny mueren en sus camas y hacen testamento antes de su muerte, con todas estascosas de que todos los demás libros de este género carecen".

Pero esta apertura hacia larealidad no basta, sin embargo, para salvar una novelística llegada a unairremediable vejez. Y más si tenemos en cuenta que ahora ha nacido ya unanovelística enteramente nueva: la picaresca.

Con la picaresca española —yesto jamás se repetirá bastante, y más si pensamos qué poco se tiene esto encuenta fuera de España— nace realmente la novela como hoy la entendemos. Novelaque es invención totalmente española, sin antecedentes extranjeros, y que porsu novedad, por su poder de calar a lo hondo de lo circundante y cotidiano,será pronto traducida a varios idiomas, hallando un sinnúmero de imitadores enFrancia y en Inglaterra.

Novela con su novelística—dije—. Novelística que constituye el movimiento literario más prolongado de lahistoria literaria del Renacimiento para acá, si pensamos que, nacida delLazarillo de Tormes, crecerá durante más de dos siglos, con perpetua ampliaciónde su ámbito geográfico, cerrándose con la autobiografía de Torres Villarroel,anunciadora de Las confesiones, de Rousseau, y hallando todavía una heredera enAmérica con el Periquillo Sarmiento, del mexicano Lizardi, a comienzos delsiglo XIX.

Acaso el éxito prodigioso de lapicaresca se deba al hecho de haber instalado el yo en la narración, tras desiglos durante los cuales la novela, bajo sus más diversas fases, fiel a susorígenes orales, era contada siempre en tercera persona. Novela de arquetiposmás que novela de individuos verdaderos, donde el autor observa, frente a suspersonajes, una suerte de "distanciamiento" brechtiano, muestra —talMaese Pedro— las figuras de un retablo donde él mismo no habrá de aparecer. Conlos maestros de la picaresca, en cambio, soy yo —el yo— quien se instala antela realidad, narrándola en primera persona. Pero ese yo forma parte de locircundante y habitual. Nada añade, sustancialmente, a una realidad muyespañola, donde los Pablos de Segovia, los Marcos de Obregón, los EstebanillosGonzález carecen del espesor, de la densidad, la ejemplaridad suficientes paraencarnar el genio de una raza. Un pueblo puede divertirse largamente con losantihéroes, pero no se reconoce en ellos. Por esto, en tiempos de la picaresca,para hallar al español entero y verdadero hay que buscarlo en el teatro, en elmundo de Pedro Crespo, Peribáñez, los "todos a una" —pueblo valiente—de Fuenteovejuna... Y hay, por tanto, una nueva crisis de la novela en España amediados del siglo XVIII. En realidad, crisis de una novelística que con TorresVillarroel deriva hacia el libro de verídicas memorias.

Faltaba a la picaresca, pese ala importancia capital de su aportación, esa cuarta dimensión del hombre que esla dimensión imaginaria. Y esa era la dimensión que Cervantes nos había traídocon su Quijote, novela que pasa por encima de la mejor picaresca sininscribirse en ella a pesar de serle coetánea, indiferente a los cambios degustos, de estilos, de climas, de modas, clásicas al nacer, igualmenterespetada por las generaciones venideras, destinada a alcanzarnos, a sernuestra contemporánea y a darnos lecciones que están muy lejos aún de haberseagotado.

Cervantes, con el Quijote,instala la dimensión imaginaria dentro del hombre, con todas sus implicacionesterribles o magníficas, destructoras o poéticas, novedosas o inventivas, haciendode ese nuevo yo un medio de indagación y conocimiento del hombre, de acuerdocon una visión de la realidad que pone en ella todo y más aún de lo que en ellase busca. Primer amante verdadero de la literatura moderna, Don Quijoteproyecta sus propios fantasmas en la figura de Dulcinea —pirandelliano juego deapariencias— alzando una vulgar realidad al nivel de su propia escalaimaginaria. A partir de ese momento todo está permitido al ente creador. Se haplantado en un universo donde la manzana deja de ser una fruta cualquiera paratransformarse en la manzana de Newton, Clavileño acabará volando a unavelocidad supersónica, un trivial suceso policíaco engendra El rojo y el negro,y del sabor de un bizcocho mojado en una taza de té surge toda la humanidad deMarcel Proust, como de buenos y malos libros de caballería nació el cosmorama,español y universal, del Quijote.

Todo está ya en Cervantes. Todolo que hará la perdurabilidad de muchas novelas futuras: el enciclopedismo, elsentido de la historia, la sátira social, la caricatura junto a la poesía yhasta la crítica literaria, allí donde el cura del escrutinio famoso parecehaberlo leído todo, y el mismo Ginés de Pasamonte, a ratos perdidos de ladrón,escribe sus memorias. Y el novelista, impaciente por hablar en primera persona,se introduce dentro de su propia obra, en el octavo capítulo, al pasar lanarración a un tercero por un sorprendente proceso de suspenso cinematográfico,novelista novelado, alguacil alguacilado... Y, en cuanto a forma, el Quijote senos presenta como una serie de geniales Variaciones a base de un tema inicial,en trabajo parecido al de las Variaciones musicales inventadas por el maestroAntonio de Cabezón, el organista ciego e inspirado vihuelista de Felipe II, quefue el creador de esa técnica fundamental del arte sonoro. Y las grandesVariaciones de Cervantes anuncian esas otras variaciones españolas que, en loplástico, serán las tauromaquias de Goya o las innumerables glosas hechas porPicasso a Las Meninas, de Velázquez. Pues también habría que recordar que elarte mayor de la Variación musical tuvo su origen en España, al igual que lanovela, tal como hoy la entendemos.

En un artículo de 1921 Ortega yGasset se muestra poco optimista en lo que se refiere al porvenir de la novela,aconsejando a los jóvenes que vuelvan los ojos más bien hacia el teatro... ¡Yesto en los inicios de la década que vería aparecer a Proust, Joyce, ThomasMann, Faulkner, en tanto que nacerá en ella, pujante y recia, la novelísticahispanoamericana!...

Y hay críticos de mal agüero queahora señalan una nueva crisis de la novela... Crisis, sí. Pero crisis de unanovelística psicológica que ya daba muestras de agotamiento hacia los añosveinte; crisis de una novela hecha a base de los ya muy repertoriadosconflictos de orden sentimental y afectivo. Pero en tanto el novelista de hoymire hacia lo épico y contingente de su época no se podrá hablar de"crisis de la novela", y mucho se equivocan quienes dicen que el ciney la televisión están en camino de suplantar al libro, cuando nuestra épocaasiste, por el contrario, a una multiplicación de las empresas editoras paracubrir la demanda de un público cada vez más ávido de lectura.

No hay ni habrá crisis de lanovela mientras la novela sea novela abierta, novela de muchos, novela debuenas y fuertes variaciones —valga el término musical— sobre los grandes temasde la época, como lo fue en su tiempo la ejemplar novela, a la vez local yuniversal, de Miguel de Cervantes Saavedra. Como decía don Miguel de Unamuno:"Hemos de hallar lo universal en las entrañas de lo local; y, en lolimitado y circunscrito, lo eterno".

No tuvo España mejor embajador,a lo largo de los siglos, que Don Quijote de la Mancha, hombre —nos dice sucreador— "que solamente disparataba en tocándole a la caballería, y en losdemás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento". Prontoconocido en toda Europa, Don Quijote cruzó el océano para mostrarse a todo lolargo y ancho del Nuevo Mundo. Y, por encima de luchas y vicisitudes,sobrevolando los antagonismos históricos, siguió transitando sin trabas por lastierras de América. Bolívar lo evocaba a menudo en los últimos días de suprodigiosa existencia. Y José Martí, el espíritu más universal y enciclopédicode todo el siglo XIX americano, tenía a su creador por uno de los caracteresmás dignos y bellos de la Historia: "Temprano amigo del hombre —decíaMartí— que vivió en tiempos aciagos [...] , y con la dulce tristeza del genioprefirió la vida entre los humildes".

De niño yo jugaba al pie de unaestatua de Cervantes que hay en La Habana, donde nací. De viejo hallo nuevasenseñanzas, cada día, en su obra inagotable... Y ya que citaba al comienzo deestas palabras unos versos de Jorge Guillén, el gran poeta de Cántico vuelvo,pensando que bien podría aplicarse a Don Quijote, universal y eterno, losversos que le fueron inspirados por una lectura del Poema del Cid: "Lecrece el corazón... / Y a cuantos llega su irradiación de héroe, / Héroe purosiempre, héroe invulnerable. / Autoridad paterna con su rayo solar".

Habiendo tenido el insigne honorde recibir de manos de Su Majestad el Rey de España el Premio de Literatura enLengua Castellana Miguel de Cervantes, debo manifestarle mí profundo yemocionado agradecimiento, así como a la ilustre Academia Real de la LenguaEspañola, a los representantes de las distintas Academias españolas ylatinoamericanas que por unanimidad de criterios hicieron posible que yo meencuentre hoy aquí, en tal alta cátedra, y al Excelentísimo señor ministro deCultura, en nombre mío y en el de mi pueblo, por esta recompensa impar queviene a coronar mi ya larga vida consagrada al cultivo de las letras... Ningunafrase podría expresar mejor mi estado de ánimo en estos momentos que aquella enque nos dice Cervantes: "Una de las cosas que más debe dar contento a unhombre [...] es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de lasgentes, impreso y en estampa [...]". Viviendo estoy. Impreso y en estampafui. Buen nombre tuve, pero acaso, gracias a ustedes, mucho mejor lo tengaahora. Por ello: ¡Gracias!...


Tags: Premio Cervantes, 1977, Alejo Carpentier

Publicado por Marcelo_Choren @ 19:10
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