jueves, 16 de julio de 2009

Latentación de lo imposible.

Hay algo abrumador en obtener unPremio llamado Cervantes y recibirlo en Alcalá de Henares, la ciudad dondenació el padre y maestro mágico de nuestra literatura, en una ceremoniarealzada por la presencia de Sus Majestades. Y que este acto tenga lugarprecisamente el día que se conmemora, con la muerte del autor del Quijote, lavigencia de una lengua a la que su genio inyectó un torrente de vida y de fantasíaque todavía bullen, rebosantes de juventud, cada vez que abrimos la historiadel Caballero de la Triste Figura. ¿Qué puede decir este afortunado escribidorque no haya sido ya dicho sobre Cervantes? ¿Qué añadir sobre su obra que norechine como disco rayado?

La vertiginosa bibliografía y elculto oficial de que es objeto, lo han, en cierta forma, petrificado, como aHomero, Dante o Shakespeare, esos autores que con él han pasado a ser símbolosde una lengua y una cultura, haciéndonos olvidar, a menudo, que el iconosemi-divinizado por el respeto y las venias de las generaciones fue unacriatura de carne y hueso enfrentada, como las demás, a las emboscadas de undestino incierto y que su obra no resultó del milagro ni el azar, sino de lavoluntad, el trabajo, la artesanía y la paciencia. En ningún otro de esoscreadores es tan visible ese relente de humanidad identificable por el hombrecomún, como en la vida azarosa que se inició en esta ciudad, algún día delotoño de 1547, de Miguel —el hijo de Rodrigo Cervantes, barbero y cirujanochambón, que vivió acosado por los pleitos y huyendo de la mala suerte. Éstafue la única herencia que legó a su hijo, al parecer: los infortunios —juicios,excomuniones, fugas, estrecheces de una existencia que, pese al asedio de loshistoriadores, conserva todavía grandes zonas de sombra y, como la deShakespeare, tenemos en buena parte que adivinar. Pero sí sabemos con certezaque la vida de Cervantes fue la de un ciudadano sin títulos ni fortuna, quevivió en la medianía, aunque los dos arcabuzazos que recibió en Lepanto y lamano izquierda que le quedó anquilosada hayan inducido a los hagiógrafos aizarlo sobre el zócalo del héroe. No lo fue, por lo menos no en el sentidoépico de la expresión, sólo en ese otro, discreto, que es el heroísmo de lasgentes anónimas, por haber resistido sin desfallecer tantos reveses ypellejerías —los cinco años de cautiverio en Argel, la esclavitud en manos delrenegado griego Dalí Mamí, las negativas de los burócratas cuando quiso servira la corona en Indias, las cárceles por deudas, y la amargura de no alcanzar lagloria en el género príncipe —la poesía—, debiendo contentarse con la plebeyanarrativa, tan lejos de la cúspide intelectual y tan cerca del populacho.

La vida de Cervantes nos emocionao entristece pero no nos admira: era la precaria del español de a pie de esostiempos convulsos. Lo que nos desconcierta es que de esa vida marcada por lasordidez, hubiera podido surgir una aventura tan generosa como la del Quijote,esa novela sobre la cual parece haberse dicho ya todo, y, sin embargo, vez quela releemos descubrimos que aún falta tanto por decir.

Toda obra genial es unaevidencia y una incógnita. El Quijote como la Odisea, la Commedia o el Hamlet,nos enriquece como seres humanos, mostrándonos que, a través de la creaciónartística, el hombre puede romper los límites, de su condición y alcanzar unaforma de inmortalidad; al mismo tiempo nos fulmina, haciéndonos conscientes denuestra pequeñez, contrastados con el gigante que concibió esa gesta. ¿Cómopudo perpetrar un deicidio semejante? ¿Cómo fue posible desafiar de ese modo lacreación del Creador? Escribiendo la historia del Ingenioso Hidalgo, Cervantespotenció la lengua española a unas alturas que nunca había alcanzado y puso un topeemblemático para quienes escribimos en ella; y renovó el género novelesco,dotándolo de una complejidad y sutileza tan vastas como la ambición,destructora y reconstructora del mundo que lo anima. Desde entonces, todas lasnovelas se medirían con la marca que ella puso, ni más ni menos que todo elteatro estaría siempre espiando a hurtadillas al de Shakespeare, como piedra detoque.

Que fue y es una gran novelacómica y a la vez muy seria, que ella recrea en un mito sencillo la insolubledialéctica entre lo real y lo ideal, que a la vez que pulverizaba las novelasde caballerías les rendía un soberbio homenaje, nos lo han explicado loscríticos. Pero, han dicho menos que, entre las muchas cosas que es, como todoslos grandes paradigmas literarios, el Quijote es también una ficción sobre laficción, sobre lo que ella es y la manera como opera en la vida, el servicioque presta y los estragos que puede causar. Este tema reaparece en todas lasliteraturas porque es un tema permanente en la vida de las gentes, y ningúnnovelista lo ha descrito con tanta perfección, en una historia tan seductora ytan clara, como lo hizo Cervantes, acaso sin siquiera proponérselo ni saber quelo hacía.

Se trata de algo muy simple, enun principio, aunque luego se vuelva complicado. Hombres y mujeres no estáncontentos con las vidas que viven, que se hallan siempre por debajo de susanhelos y, como no se resignan a renunciar a esas vidas que no tienen, lasviven en sueños; es decir, en los cuentos que se cuentan. La literatura es unarama de ese árbol opulento: la ficción. Ese quehacer, inventarse y contarsehistorias para soportar mejor la historia que se vive es antiquísimo como ellenguaje y sin duda se practicó desde que las primeras manifestaciones de unacomunicación inteligente sustituyeron a los gruñidos y brincos del antropoide,en la caverna primitiva. Allí debieron de escucharse, junto al fuego, lasprimeras ficciones, en la misma actitud reverencial con que, a lo largo de losmilenios y a lo ancho de todas las geografías, las escucharían los niños deboca de las abuelas, las tribus convocadas en los claros del bosque porhabladores y chamanes, los vecinos en las plazas de las aldeas cantadas por loscómicos de la legua, y los poderosos en los salones de las cortes y palaciosrecitadas por los troveros. Con la escritura, la ficción pasó al libro, quefijó lo que hasta entonces era un universo perecible de oralidad. La literaturaestabilizó, dio permanencia a los mitos y prototipos cuajados en la ficción:gracias a ella, de un modo misterioso, esa vida alternativa, creada para llenarel abismo entre la realidad y los deseos sobre el cual se columpia la criaturahumana, obtuvo derecho de ciudad y los fantasmas de la imaginación pasaron aformar parte de lo vívido, a ser, en palabras de Balzac, la historia privada delas naciones.

Una ficción es unentretenimiento sólo en segunda o tercera instancia, aunque, por supuesto, sitambién no lo es, ella no es nada. Una ficción es, primero, un acto de rebeldíacontra la vida real y, en segundo, un desagravio a quienes desasosiega el viviren la prisión de un único destino, aquellos a los que solivianta esa"tentación de lo imposible" que, según Lamartine, hizo posible lacreación de Los miserables de Víctor Hugo, y quieren salir de sus vidas yprotagonizar otras, más ricas o más sórdidas, más puras o más terribles, quelas que les tocó. Esta manera de explicar la ficción puede parecer truculenta,tratándose de lo que a simple vista no es más que el benigno pasatiempo de unseñor que, en la noche, antes de que le vengan los bostezos, perpetra el crimende Raskálnikov y se duerme, o de la virtuosa señora que toma el té de las cincocometiendo las travesuras de las damas de Bocaccio sin que se entere su marido.

Pero, como nos muestra Alonso Quijano,la ficción es algo más complejo que una manera de no aburrirse: el transitorioalivio de una insatisfacción existencial, un sucedáneo para ese hambre de algodistinto a lo que ya somos y ya tenemos, que, paradójicamente, la ficciónaplaca al mismo tiempo que exacerba. Porque esas vidas prestadas que sonnuestras gracias a la ficción, en vez de curarnos de nuestros deseos, losaumentan y nos hacen más conscientes de lo poco que somos comparados con esosseres extraordinarios que maquina el fantaseador agazapado en nuestro ser.

La ficción es testimonio yfuente de inconformidad, desacato del mundo tal como es, prueba irrefutable deque la realidad real, la vida vivida, están hechas apenas a la medida de lo quesomos, no de lo que quisiéramos ser, y por eso debemos inventar unas distintas.Esa vida ficticia, superpuesta a la otra, sobre todo cuando ella essobresaliente, como en los tiempos en que Cervantes escribió su epopeya, no esun síntoma de felicidad social, más bien de lo contrario. ¿Para qué necesitaríauna sociedad procrear en su seno esas vidas paralelas, esas mentiras, si la quetiene le bastara, si las verdades de la existencia la colmaran? La aparición deuna gran novela es siempre indicio de una rebeldía vital, articulada en laconfiguración de un mundo ficticio, que, guardando el semblante del mundo real,en verdad rechaza a éste y lo cuestiona. Ésa es, tal vez, la explicación de lafortaleza con que Cervantes parece haber sobrellevado su circunstancia:desquitándose de ella con un deicidio simbólico, reemplazando la realidad quelo maltrataba con el esplendor de la que, sacando fuerzas de sus decepciones,inventó para oponerle.

Combatir la realidad con lafantasía, que es lo que hacemos todos cuando contamos o fabricamos historias esun juego entretenido mientras nos mantengamos lúcidos sobre las fronterasinquebrantables entre ficción y realidad. Cuando esa frontera se eclipsa yambas órdenes se confunden, como ocurre en la mente del Quijote, el juego cedeel lugar a la locura y puede tornarse tragedia. Ahora bien, aunque es evidenteque el temerario manchego acomete un sinfín de disparates, pues actúa con unapercepción de lo real esencialmente falsa, o, mejor, falseada por la ficcióncaballeresca, sus excentricidades no le han merecido nunca el desprecio de loslectores. Por el contrario, incluso para sus contemporáneos, que leyeron ellibro riéndose a carcajadas y vieron en él sólo una novela risueña, elesmirriado manchego que arremete contra molinos de viento creyéndolos gigantes,toma la bacía de un barbero por el yelmo de Mambrino y ve castillos y palaciosen las ventas del camino, apareció como un ser moralmente superior, empeñado enuna aventura noble e idealista, aunque, a causa de la desbocada fantasía queenturbia su razón, todo le salga al revés. Desde un principio, los lectores seidentifican con el Quijote, que ha sucumbido a la tentación de lo imposibletratando de vivir la ficción, y toman una distancia perdonavidas del buenSancho Panza, a quien, por su sentido común, por vivir amurallado dentro de loposible, se ha convertido en encarnación de una deleznable forma de humanidad,la del hombre en el que la materia sofoca al espíritu y cuyo horizonte vital esmezquino de tanto pragmatismo.

Juzgando en frío, hay una graninjusticia en esta desigual valoración de la célebre pareja, al menos si laperspectiva del juicio se desplaza de lo individual a lo social.

Pues, lo cierto es que esosrechazos del Quijote al mundo tal como es provocan múltiples desaguisados,tropelías y aun catástrofes: destruyen bienes ajenos, ponen en libertad apeligrosos criminales, diezman rebaños, aterran o dejan tundidos y birlados ahumildes aldeanos. Las empresas del Quijote sólo son simpáticas a sus lectores,de ninguna manera a esos pobres diablos que su fantasía convierte enencantadores, encantados o caballeros andantes y a los que trata a menudo deensartar con su lanzón.

Si hubiera prevalecido elpragmatismo de Sancho, su comprensión cabal de las cosas de este mundo, elQuijote tendría, al final de la historia, los lomos menos magullados y su bodamás dientes. Pero, entonces, no habría habido novela —o ella habría sidoaburridísima— y la lengua y la literatura españolas serían menos fecundas de loque son. Lo que quiere decir, por lo menos, dos cosas. La primera, que en elQuijote no admiramos a un personaje real sino a un fantasma, a un ser deficción, y que lo que nos aleja de Sancho es que, a diferencia de su amo, no sedespega demasiado de nosotros, y por eso su manera de actuar y ver las cosas nonos parecen las de un ser novelesco sino las de un mero mortal. Y eso me llevaa la segunda conclusión: que la razón de ser de la ficción, no es representarla realidad sino negarla, trasmutándola en una irrealidad que, cuando elnovelista domina el arte de la prestidigitación verbal como Cervantes, se nosaparece como la realidad auténtica, cuando en verdad es su antítesis.

Ése es, acaso, el simbolismo delQuijote que mueve más íntimamente nuestra solidaridad hacia su desgarbadasilueta: él ha convertido en práctica cotidiana esa ficción que el común de losmortales necesita también para rellenar los vacíos de la vida pero sólo visitaa ratos, cuando sueña, lee o asiste a un espectáculo, es decir, cuando sedesdobla, ayudado por la imaginación. El Quijote no se desdobla: sale de sí deverdad, cruza los límites prohibidos, hacia los espejismos de la ficción, y nilos peores reveses consiguen regresarlo al mundo real. Más que el contenido desu sueño o su tabla de valores, lo que en él es eterno es el hambre de ficciónque lo carcome, tan avasallador que lo empuja a ese enloquecido trueque: dejarde ser de carne y hueso para tornarse quimera, ilusión.

Es verdad que la empresaquijotesca —salir de la realidad propia para vivir la fantasía— ha dado tiposhumanos excepcionales, gracias a cuyas temeridades el mundo ha progresado en eldominio del conocimiento y que sin ellos la vida sería mucho más gris de lo quees. El progreso científico, social, económico, cultural, se debe a soñadoresasí: sin ellos no se habría descubierto aún América, ni la imprenta, ni losderechos humanos y seguiríamos zapateando en la tierra para que cayera lalluvia sobre las cosechas. Pero también es cierto que el llamado de lo irreal,al aguijonear en hombres y mujeres el apetito de lo que no tienen ni tendrán,ha aumentado, considerablemente, su infelicidad.

Se trata de un problemainsoluble, pues no hay una manera realista de que aquello que intenta elQuijote sea posible y lleguemos a vivir, simultáneamente, en la vida objetivade la historia y en la subjetiva de la ficción.

Pero sí hay una manera figurada,y es la que pactan Cervantes y sus lectores, claro está.

De ese contrato subconscienteque firman el novelista y su público para jugar a las mentiras depende lanovela, género nacido para completar las incompletas vidas de los mortales conaquellas raciones de heroísmo o de pasión, de inteligencia o de terror, queañoran porque no las tienen o no en las dosis que exige su imaginación, esecombustible de la disidencia vital. Es verdad que la ficción es un paliativofugaz para el desasosiego que surge de la conciencia de nuestros confines, laimposibilidad en que nos hallamos de ser y hacer todo lo que nuestra fantasíareclama. Pero, aun así, gracias a ella nuestras vidas se multiplican en ununiverso de sombras que, aunque frágiles y amasadas con una leve materia, seincorporan a nuestras vidas, influyen en nuestros destinos y nos ayudan asolucionar el conflicto que resulta de esa extraña condición nuestra de tenerun cuerpo condenado a una sola vida y unos apetitos que nos exigen otras mil.La manera como la literatura influye en la vida es misteriosa y todo lo que sediga al respecto debe tomarse con cautela. ¿Hizo la ficción más desdichado omás feliz a don Alonso Quijano? De un lado, lo puso en entredicho con el mundo,lo hizo estrellarse contra la terca realidad y perder todas las batallas. Deotro ¿no vivió así más plenamente que los demás? ¿Hubiera sido más envidiablesu destino sin esa porfía suya en proyectar sobre el mundo las criaturas de suespíritu? ¿No hay, en esa empresa insensata, algo que nos redime de la rutina,no nos hace vivir algo de todo aquello que no hicimos, ni fuimos, y hemosvivido añorando, soñándolo?

Por eso, si todos los sereshumanos que recurren a las ficciones tienen por el Quijote una devociónparticular, los que dedicamos nuestras vidas a escribirlas, nos sentimosrecónditamente afectados por su historia, que simboliza la que emprendemos cadavez que, enfrentados a la página en blanco con la fantasía y las palabras, loemulamos en el afán de arraigar lo imaginario en lo cotidiano, la ilusión en laacción, el mito en la historia, y encontramos en su aventura aliciente para lasnuestras.

Pero, quizás, estasconsideraciones sean demasiado abstractas para hablar de una vocación, la delcontador de historias, que es a la que debo estar hoy día aquí, en la patriachica de don Miguel de Cervantes, recibiendo este Premio que honra su memoria yque me honra , de mano de los Reyes de España. Como todo el que escribe historias,yo fui lector antes que escribidor, y, antes que lector, fui, por supuesto,escuchador de ficciones. Mi vocación debió nacer al conjuro de aquella otravida que te revelaron los cuentos de los abuelos, o de la tía abuela Elvira, laMamaé, en Cochabamba, cuando era un pequeño déspota de pantalón corto, que, porlo visto, exigía una historia con principio y final por cada cucharada de sopa.Yo era entonces inmensamente feliz, viviendo, como Alonso Quijano, "todoabsorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos".Pinocho, La Sombra, El Coyote, Bill Barnes, el pequeño Guillermo, Mandrake yNostradamus, las correrías del Zorro en la Misión de San Juan de Capristano,las de Sandokán y el fiel Yáñez en Malasia y las historias que irrumpían en lacasona de Ladislao Cabrera con El Peneca y el Billiken llenaban mis días deexaltación. En mi memoria, aquellos personajes se conservan más vívidos queGumucio, Román, Artero, Zapata y Ballivián y demás compañeros de La Salle conlos que reproducíamos sus hazañas en los patios y techos de la casa. (Olmedolloriqueaba porque, para entrar en el juego, debía hacer de Chita, el mono deTarzán).

No sé cuándo oí hablar porprimera vez de Don Quijote, pero me gustaría que hubiera sido allí, en Bolivia,y de boca del abuelo Pedro, a quien mi infancia debió tanto, un señor que teníauna frente muy ancha y una gran nariz. Escribía versos festivos cuando sepresentaba la ocasión, contaba cuentos con mañas de brujo y me incitó a leerlibros soberbios. Pero sí recuerdo con precisión que mi primera tentativa deentrar en El Quijote, en algún año de la Secundaria, fue un fracaso: a cadapárrafo, las palabras difíciles y los giros arcaicos pulverizaban la ilusión, ya mí lo que me gustaba de las novelas —lo que me gusta todavía de las novelas—,era que me abolieran y transubstanciaran, como a Alonso Quijano las del Amadísy del Espliandán, y me hicieran enamorarme, combatir, enfurecerme, llorar,matar y resucitar. Sólo años después, y gracias a La ruta de Don Quijote(1905), de Azorín, relato de su recorrido por La Mancha en pos de las huellasde Cervantes, volví a leerlo, hasta el final.

Para entonces era un devoradordesaforado de historias ajenas y garabateador de algunas propias. No sospechabaque llegaría a ser un escritor pero ya me desvelaba esa ambición, que parecíatodavía más improbable que esas otras, acariciadas en secreto: ser marino,torero, aviador, legionario, explorador, mosquetero, rey del mambo yconquistador de la India y de Brigitte Bardot. Pero sí sabía que siempre seríaun lector empedernido de novelas porque las horas que pasaba sumido en esavorágine de destinos excepcionales, paisajes exóticos y gentes estimulantes,eran siempre las mejores. Sin exageración puedo decir, por eso, que entre mis quincey veinte años, mientras estudiaba Letras y Derecho y manufacturaba noticias yreportajes alimenticios, me las arreglé, sin salir de Lima, para combatir alKuomintang con los camaradas chinos en las calles de Shangai, perseguir a ungran cetáceo blanco por los mares de Oceanía en un ballenero de NuevaInglaterra, vivir la bohemia de la entreguerra en los cafés de Montparnasse,mudar en cucaracha y ser ejecutado por un ignoto crimen en una ciudad que pudoser Praga, sufrir la derrota napoleónica en la morne plaine de Waterloo,asfixiarme de oscuras fobias y retorcidas animosidades en el violento DeepSouth, y, ayudado por la linda Placer-de-mi-Vida, cometer gongorinasbellaquerías con Carmesina, la heredera de Grecia, mientras devastaba elImperio Turco. Malraux, Melville, Hemingway, Kipling, Kafka, Victor Hugo,Stendhal, Faulkner, Johanot Martorell, Balzac, Flaubert, Tolstoi y tantos otrosfabuladores formidables, debieran comparecer a recibir este premio conmigo,pues sin ellos, que deslumbraron mi juventud y me enseñaron a animar los sueñosen la vida gracias a las palabras, no habría llegado a ser un escritor.

La literatura ha sido mi primery más grande amor, la más querida de las servidumbres, pero sé de sobra quetampoco habría podido consagrar mi tiempo a mi vocación como lo he hecho, niescribir lo que he escrito, ni publicar lo que he publicado, ni, por cierto,estar hoy aquí, recibiendo el Premio Cervantes, sin España, la tierra de losremotos antepasados que es ahora también la mía. Quién me iba a decir, en aquelverano de 1958, cuando desembarqué en el puerto de Barcelona y corrí a lasRamblas a identificar los lugares descritos por Orwell, en su Homenaje aCataluña, que llevaba escondido en la maleta, que, a partir de entonces, mivida daría un vuelco mágico. La acción de gracias sería interminable pero creoque puedo reducirla a algunos reconocimientos. El primero, a esos médicoscatalanes, amantes de los cuentos y de Leopoldo Alas, que editaron mi primerlibro. Y a Carlos Barral, poeta, editor y compinche queridísimo a quien nuncapodremos agradecer bastante lo que hizo por desembotellar la vida cultural delos sesenta y unir, en un gran intercambio de libros, ideas, valores yamistades, a lectores y escritores de ambas orillas del Océano. Había algoquijotesco en Carlos Barral, en su flacura con úlceras y su desprecio al mundocomestible, en su munificencia de señor renacentista y sus desplantesretóricos, pero, sobre todo, en su aptitud para desobedecer la realidad,trabajar contra sus intereses, preferir la forma al contenido —el teatro a lavida— y vivir la ficción hasta sus últimas consecuencias, es decir, la derrotay la muerte. Antes de ser derrotado definitivamente se dio maña para abrir laspuertas de España a la mejor literatura moderna y para promover a una serie deescritores nuevos, yo entre ellos, que, sin su aliento, su fe en lo quehacíamos y sus maquiavelismos para sortear la censura, jamás habríamos salidodel limbo. Tendría, también, que citar a otros editores, críticos benevolentes,compañeros del oficio y, por supuesto, a los lectores españoles, esas amigas yamigos invisibles que estuvieron siempre allí para levantarme la moral. Pero,sería interminable y me contentaré sólo con agradecer lo mucho que le deben mislibros, mi familia, mi persona pública y mis demonios inconfesables a quien,desde hace treinta anos, en su torre de vigía de la ciudad Condal, organiza ydesorganiza como una hada madrina fugada, de los manuscritos de Cide HameteBenengeli, mi trabajo de escritor, defendiéndolo de toda clase de peligros,empezando por mí mismo. Terror de editores, conspiradora pertinaz, pródigaamiga, cómplice de mil y una aventuras, se llama Carmen Balcells y juraría queanda por aquí, llorando como una Magdalena.

Y ahora, para terminar, conpermiso de Sus Majestades, quisiera contarles un cuento. ¿Hay manera mejor derecordar a don Miguel de Cervantes Saavedra que practicando, el día de sufiesta, este oficio al que su genio dio tanta gloria? ¿Y qué homenaje podríaapreciar más don Quijote de la Mancha, ese fantaseador indoblegable, que el deuna ficción viva, desplegando sus alas en el aire culto de este claustro? Setrata de una historia que no es mía y que ni siquiera es inventada, pues la leíen un periódico, hace meses. Desde entonces, me ronda en la memoria como unatierna alegoría sobre los poderes y maleficios de la ficción.

Aquel caballero madrileño, hoy un hombre entrado en años,era un mozalbete sin barba al que un día, de pura casualidad, cayó en las manosuna novela de autor ruso, no sé cuál. Le gustó tanto, pasó tan bien aquellashoras, trasladado en espíritu de Madrid a Moscú, o San Petersburgo, o a algunasde esas mansiones perdidas en la inmensidad de las estepas donde ocurren lashistorias de Gogol o los dramas de Chéjov, que el joven de mi cuento empezó abuscar afanoso otras novelas rusas y a devorarlas. Lo que fue al principio unacuriosidad, un pasatiempo, se convirtió con los meses y los años en unavocación, en un vicio, en una enfermedad. No se hizo escritor, ni críticoliterario, ni profesor de letras eslavas, ni aprendió ruso. Fue y es todavía,solamente —pero ese solamente es un universo— lector de novelas rusastraducidas al español. Ahora, gracias a él, sabemos que hay miles de cuentos ynovelas rusas vertidos a nuestra lengua, y lo sabemos porque todos esos librosestán, o tarde o temprano estarán, en la biblioteca de este señor que lesprofesa el mismo amor que Alonso Quijano a las novelas de caballerías. Miferviente lector, a lo largo de su vida, mientras terminaba los estudios deLeyes, se recibía de abogado, y practicaba su profesión, paralelamente llevabauna doble y suntuosa vida, allá, en Rusia. Quiero decir que recorría laslibrerías nuevas y viejas de Madrid en busca de novelas rusas, que compraba, leíay releía. Lo ha venido haciendo, toda una vida. Lo hace todavía. Los años nohan entibiado su entusiasmo; el reportaje de mi cuento lo mostraba en plenoforma, relatando con regocijo sus cacerías por el Rastro, por los puestos yestanterías de las esquinas y mostrando su botín, esos volúmenes que haninvadido los cuartos y pasillos de su hogar. Pero, tal vez, la parte másextraordinaria de la historia, sea ésta: que el caballero asegura haber leídogran parte de aquella biblioteca de libros rusos, sobre la marcha y al airelibre, es decir, andando por el centro de Madrid, en las idas y venidas de sucasa a su estudio y de su estudio a su casa, a lo largo de muchas décadas. Lasprecisiones y detalles que ofrecía eran sorprendentes, hasta inverosímiles, pero,era obvio que decía la verdad. Juraba que sus pies, o su instinto, o el ángelde la guarda de los lectores compulsivos habían llegado a memorizar tanrigurosamente cada bache, cada poste de luz, cada agujero, saliente o sardinelde la Gran Vía que no necesitaba casi levantar los ojos del libro que ibaleyendo, a lo largo de todo el trayecto y que en esas matutinas y vespertinaslecturas semovientes, nada lo arrancaba de su hipnótica concentración.

Exactamente aquí quiero terminar el cuento y dejar al caballero, avanzando a unritmo parejo, ni muy despacio ni muy rápido, por la atestada arteria madrileña,entre presurosos asalariados, vagos, paseantes y hordas de turistas, sus ojosmoviéndose con deleite sobre las líneas del libro que lleva en las manos, indiferentea las bocinas y a las voces y a los olores y sabores de la actual realidad,exiliado en el tiempo y el espacio, disfrutando con toda la atención de su almade la efusiva animación de una aldea siberiana o galopando en salvajes caballosde cosacos a la orilla del Don, atragantándose de vodka y caviar y balalaikascon los oficiales de la zarina o temblando de frío y de remordimientos entrelas nubes del zahumerio, los iconos dorados y las barbas de los popes, en unaiglesia ortodoxa con capillitas como alvéolos de panal. Nada lo distrae, nadalo despierta, nada le recuerda los avatares de su vida real. Rumbo al trabajo oal porrazo, el caballero vive la ficción y es feliz.


Tags: Premio Cervantes, 1994, Mario Vargas Llosa

Publicado por Marcelo_Choren @ 17:08
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